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La importancia de
la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres en la educación
radica en la necesidad de conseguir una sociedad sin discriminación
por razón de sexo.
Las diferencias biológicas que determinan el sexo se han usado
para justificar la desigualdad social entre mujeres y hombres, la cual
es producto de costumbres, tradiciones y creencias socialmente construidas
y se manifiesta en el acceso dispar a los recursos, la información,
la toma de decisiones y la prestación de servicios. De esa manera,
más que en función de sus capacidades, mujeres y hombres
actúan conforme a los roles de género que se construyen
a partir de las normas sociales de comportamiento.
La educación que tiene en cuenta estos aspectos consiste en la
formación de niñas y niños basada en principios de
igualdad. Esta tendencia abre el camino hacia la superación de
la desigualdad de género, ya que crea las condiciones para el acceso
igualitario al mercado de trabajo y el cambio cultural en mujeres y en
hombres (por ejemplo, la paternidad responsable y el compartir las labores
domésticas), con lo que se favorece una sociedad más justa
y equitativa.
La educación, en todas sus dimensiones, se perfila como primer
ámbito de socialización. Como se ha demostrado, la educación
actúa de manera directa en la construcción de una cultura,
que a su vez puede cambiar o perpetuar formas de pensamiento y acción
social, para mantenerlas jerarquizadas o para incidir en transformarlas.
Una educación que se base en la Igualdad de derechos y oportunidades
debe fomentar no sólo mejores oportunidades de trabajo y formación
a través de planes de desarrollo, sino también un cambio
cultural en todas sus dimensiones (roles y tareas adjudicadas a la mujer,
aceptación de la responsabilidad compartida por hombres, mujeres
y la sociedad en su conjunto en la preservación de la vida y el
cuidado de la infancia y personas mayores etc).
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